El reciente nombramiento de Juan Ramón Adsuara como presidente de Partenalia ha sido presentado oficialmente como un paso adelante del autoritario primer edil en la defensa del municipalismo ante Bruselas. El comunicado del Ayuntamiento habla de oportunidad estratégica, de reforzar la voz de los municipios en la Unión Europea y de facilitar el acceso a fondos comunitarios desde una posición de mayor interlocución institucional.
En términos formales, el argumento es impecable. La conexión con Bruselas permite acceder a información directa sobre convocatorias europeas, establecer alianzas entre territorios y participar en foros donde se diseñan políticas que afectan a los gobiernos locales.
El problema no es el cargo en sí. El problema es el contexto en el que se produce. Porque mientras el alcalde amplía su agenda hacia Bruselas, en Alfafar crece la percepción de que la gestión municipal atraviesa una etapa marcada por la improvisación, la reacción constante y la falta de dirección clara.
No es un aval como alcalde, es una consecuencia institucional
Conviene aclarar antes que nada un punto que el relato oficial tiende a difuminar: la presidencia de Partenalia no es un reconocimiento a la gestión municipal de Juan Ramón Adsuara en Alfafar, sino una consecuencia directa de su responsabilidad en materia de Fondos Europeos dentro de la Diputación de Valencia. El nombramiento responde a una lógica institucional y técnica vinculada al papel provincial en la interlocución con Bruselas, no a una evaluación política de su desempeño como alcalde.
Son planos distintos que no deberían mezclarse. Una cosa es coordinar estrategias de financiación europea desde la estructura provincial y otra muy diferente es dirigir un municipio con solvencia, planificación y estabilidad. En Alfafar, la percepción ciudadana no gira en torno a la excelencia en la captación de fondos europeos, sino a una gestión marcada por decisiones improvisadas, actuaciones que llegan forzadas por la presión pública y una sensación creciente de desgaste político.
Por eso, presentar la proyección en Bruselas como si fuera una validación automática de su liderazgo local resulta, cuando menos, cuestionable. La presidencia nace de su posición en la Diputación y del engranaje institucional que ello implica. No es un premio a su alcaldía ni un refrendo a su gestión municipal. Y esa diferencia, aunque se intente diluir en el discurso político, la ciudadanía la percibe cada vez con mayor claridad.
Su nombramiento como presidente de Partenalia abre un debate sobre prioridades políticas
En los últimos meses, el gobierno municipal ha afrontado críticas recurrentes por actuaciones anunciadas que no se ejecutan en los plazos previstos o que terminan requiriendo rectificaciones posteriores. Obras que se presentan como definitivas y acaban siendo provisionales. Intervenciones que responden más a la urgencia mediática que a una planificación técnica consolidada. Decisiones que parecen adoptarse cuando la presión pública ya es evidente y cuando desde Socialistas de Alfafar hacemos públicas las decificiencias sobre las que versan.
No se trata de episodios aislados, sino de una dinámica de chapuzas e improvisación que ha ido consolidando una sensación de desorden. La oposición ha denunciado reiteradamente que el equipo de gobierno actúa a remolque, reaccionando a la crítica en lugar de anticiparse a los problemas. En política local, esa percepción pesa. Y pesa más que cualquier titular institucional.
Por eso el salto de mero alcalde a conexión con Bruselas no se interpreta únicamente como un reconocimiento externo, sino también como una posible vía de escape frente al desgaste interno.
Bruselas y la construcción del perfil político
Bruselas no es solo un centro administrativo europeo; es también un escenario político. Presidir una red como Partenalia proyecta imagen, amplía contactos y sitúa al alcalde en un circuito institucional que trasciende el ámbito municipal. Desde el punto de vista personal y de carrera política, el movimiento es comprensible.
Sin embargo, la cuestión de fondo es otra: ¿puede un alcalde liderar el discurso del municipalismo europeo cuando su propio municipio arrastra déficits de gestión evidentes?
El municipalismo no se legitima en los foros europeos, sino en la capacidad de resolver problemas cotidianos. La credibilidad institucional no depende únicamente del acceso a Bruselas, sino de la eficacia en la ejecución presupuestaria, la planificación urbana y la respuesta directa a las demandas vecinales.
Cuando la distancia entre discurso y realidad se amplía, el relato pierde fuerza.
Proyección personal frente a prioridad municipal
En Alfafar se ha instalado una percepción incómoda. El alcalde dedica más energía a construir una proyección política personal que a solucionar los problemas de la gente que lo ha elegido. No se trata de negar la importancia de Bruselas ni de minimizar la relevancia de los fondos europeos. Se trata de establecer prioridades.
La política municipal exige presencia constante, escucha activa y capacidad de gestión diaria. Exige asumir errores, corregirlos con rapidez y ofrecer soluciones estructurales, no parches temporales. Exige coherencia entre lo que se anuncia y lo que se ejecuta.
Cuando esa coherencia se debilita, cualquier movimiento hacia Bruselas puede interpretarse como una estrategia de posicionamiento personal más que como una herramienta de servicio al municipio.
El riesgo de un relato que ya no convence
El Ayuntamiento sostiene que la presidencia de Partenalia permitirá trasladar a Bruselas las necesidades reales de los municipios. Pero la ciudadanía no juzga a sus alcaldes por su presencia en foros internacionales, sino por el estado de sus calles, la calidad de sus servicios y la eficacia de su administración.
La exposición europea amplifica la visibilidad, pero también incrementa la exigencia. Cada vez que se invoque Bruselas como argumento político, la comparación con la gestión local será inevitable. El desafío de Juan Ramón Adsuara no está en Bruselas. Está en Alfafar. Y pasa por demostrar que la ambición institucional no sustituye a la responsabilidad municipal.

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