La Alqueria del Pi debía ser uno de los grandes ejemplos de recuperación patrimonial de Alfafar. Un edificio histórico rehabilitado, una inversión pública importante y un relato institucional que prometía convertir este espacio en un motor cultural, turístico y social para el municipio. Sin embargo, con el paso del tiempo, la realidad ha terminado siendo bastante menos brillante que la fotografía de la inauguración. El edificio se recuperó, sí, pero su uso sigue siendo limitado, su entorno quedó durante demasiado tiempo lejos de lo que merecía una actuación de esa envergadura y la oportunidad de convertirlo en un equipamiento público realmente útil para la ciudadanía se perdió por una decisión política que hoy resulta difícil de defender.
El debate sobre la Alqueria del Pi no puede reducirse a si era necesario rehabilitarla. Nadie discute el valor patrimonial del inmueble ni la necesidad de proteger uno de los pocos ejemplos de arquitectura agrícola tradicional que todavía perviven en el casco urbano de l’Horta Sud. La cuestión es otra: qué se hizo después con esa inversión, qué uso real se le dio al edificio y por qué, tras años de obras, retrasos y sobrecostes, Alfafar ha tenido que seguir destinando recursos a completar un proyecto que desde el inicio debería haber nacido con una planificación integral de edificio, jardines y usos públicos.
Una Alqueria rehabilitada, pero sin el uso que se prometió
El Ayuntamiento defendió la rehabilitación de la Alqueria del Pi como una actuación estratégica para crear un Centro de Interpretación del Arroz y de Turismo Cultural. Sobre el papel, el proyecto sonaba ambicioso: recuperar patrimonio, explicar la relación histórica de Alfafar con el cultivo del arroz, generar actividad cultural, abrir rutas hacia la Albufera y ofrecer espacios para asociaciones y actividades expositivas. El problema es que una cosa es el relato institucional y otra muy distinta la realidad cotidiana del edificio una vez terminadas las obras.
Desde el Grupo Municipal Socialista siempre se defendió una visión distinta. No se cuestionaba la recuperación patrimonial, sino el enfoque elegido. Si Alfafar quería explicar el arroz, tenía mucho más sentido recuperar el proyecto vinculado al entorno donde el arroz forma parte real del paisaje y de la memoria agrícola del municipio: la zona de la Albufera, el antiguo campo de tiro, un merendero y una conexión ciclista coherente con el territorio. Llevar el centro de interpretación al lugar donde realmente está el arroz no era una ocurrencia, sino una forma mucho más lógica de conectar patrimonio, paisaje y experiencia ciudadana.
La Alqueria del Pi, en cambio, podía haber tenido un uso público más estable, más cotidiano y más útil. Podía haber sido sede de la Escuela de Adultos, haber acogido el Archivo Municipal, haberse convertido en un equipamiento con vida diaria, con actividad formativa, administrativa o cultural continuada. Esa era la diferencia de fondo: frente a un uso más simbólico y turístico, el PSOE de Alfafar defiende una función municipal estructural, capaz de garantizar que la inversión no termine convirtiéndose en un edificio bonito, pero escasamente aprovechado.

Un jardín que llegó tarde y retrata la falta de planificación
La evolución del proyecto confirma muchas de aquellas dudas. La Alqueria del Pi atravesó una demora importante, marcada por la pandemia, el incremento del coste de los materiales, los retrasos y los sobrecostes. El Ayuntamiento acabó recurriendo a un préstamo de 4,5 millones de euros para atender distintas necesidades económicas, entre ellas complementar actuaciones que habían quedado tensionadas por esa evolución de costes. El resultado fue que el edificio pudo terminarse e inaugurarse, pero el entorno quedó sin una solución digna a la altura de la inversión realizada.
Ahí aparece el nuevo capítulo: más de 600.000 euros de fondos de la Diputación para terminar los jardines de la Alqueria del Pi. La actuación puede ser necesaria, pero precisamente por eso la pregunta política es inevitable. ¿Cómo es posible que después de una inversión millonaria, después de años de obra y después de vender el proyecto como una gran recuperación patrimonial, el entorno necesitara una nueva inyección económica para quedar mínimamente resuelto?
La dana pudo retrasar la ejecución de la obra, y eso debe reconocerse. Pero no explica el problema de fondo. El dinero ya estaba previsto, la actuación ya estaba planteada y la necesidad de intervenir los jardines venía de antes. La catástrofe pudo alterar los tiempos, pero no inventó la falta de planificación. Lo que demuestra este caso es que el PP de Alfafar volvió a actuar por fases, sin cerrar desde el principio una visión completa del espacio. Primero se rehabilita el edificio, después se inaugura, más tarde se evidencia que el uso es escaso y finalmente llega una nueva inversión para arreglar un entorno que nunca debió quedar como quedó.
El problema no es que se invierta en jardines. El problema es necesitar otra inversión importante para completar lo que debía haber formado parte de una estrategia inicial. Porque cuando una administración recupera un inmueble histórico, no puede pensar solo en paredes, cubiertas y musealización. Tiene que pensar en accesos, zonas verdes, mantenimiento, actividad, programación, usuarios y retorno social. Si todo eso llega después, es porque el proyecto nació incompleto.

La oportunidad perdida: Escuela de Adultos, archivo y usos públicos reales
La Alqueria del Pi podía haber servido para resolver una necesidad municipal de largo recorrido. La Escuela de Adultos necesitaba y necesita una sede digna, estable y adecuada. También el Archivo Municipal requería una solución seria. Cualquiera de esos usos habría garantizado actividad permanente y habría vinculado la recuperación patrimonial con una prestación pública clara. No se trataba de llenar un edificio por llenarlo, sino de ordenar el patrimonio municipal con inteligencia.
Esa es la gran oportunidad perdida. Alfafar no tiene un problema de falta de edificios aislados, sino de mala organización de los espacios públicos. Se rehabilitan inmuebles, se anuncian usos, se redistribuyen servicios y, sin embargo, las necesidades reales siguen sin resolverse del todo. La Escuela de Adultos es el ejemplo más evidente. En lugar de dotarla de un espacio propio y adecuado desde una planificación coherente, se ha ido encajando su futuro en soluciones que no terminan de funcionar.
El debate sobre la Alqueria del Pi no puede separarse de esa realidad. Si un edificio rehabilitado con dinero público acaba teniendo un uso escaso mientras la EPA sigue esperando una sede homologada y estable, el problema no es arquitectónico. Es político. Tiene que ver con decidir mal las prioridades y con confundir la recuperación de patrimonio con la construcción de relato. La ciudadanía no necesita únicamente edificios restaurados. Necesita edificios útiles.
Tauleta: la EPA atrapada en otra promesa que no se cumple
La otra pieza de este puzle es el edificio Tauleta. El Ayuntamiento vendió esta actuación como una solución para ubicar Servicios Sociales, la EPA y espacios para entidades del municipio. Sin embargo, el traslado de la Escuela de Adultos no se ha materializado en los términos anunciados porque las aulas no cumplen las condiciones necesarias para su homologación como espacios formativos. Dicho de forma sencilla: se prometió una solución, se generaron expectativas y después la realidad técnica volvió a desmontar el relato político.
Este punto es especialmente grave porque afecta directamente a personas que utilizan la formación de adultos como una herramienta de mejora personal, laboral y social. La EPA no es una actividad menor ni un servicio secundario. Es una pieza fundamental para quienes quieren obtener una titulación, mejorar competencias, acceder a nuevas oportunidades laborales o retomar estudios que no pudieron completar en su momento. Tratar su ubicación como una cuestión que se puede ir resolviendo sobre la marcha demuestra una preocupante falta de sensibilidad hacia el valor social de la educación permanente.
Además, la situación de Tauleta confirma un patrón que se repite en la gestión municipal: se anuncia primero y se comprueba después. Se promete una reforma integral, se da por hecho que los espacios podrán acoger determinados usos y, cuando aparecen los problemas de homologación, se improvisan explicaciones o planes alternativos que la ciudadanía no conoce con claridad. Mientras tanto, la EPA sigue sin la sede que se le prometió y Alfafar continúa acumulando edificios reformados que no resuelven completamente las necesidades para las que supuestamente fueron pensados.

El problema no es la Alqueria: es la falta de proyecto
La Alqueria del Pi, sus jardines y el edificio Tauleta forman parte de una misma historia. No son tres asuntos desconectados, sino tres síntomas de una forma de gestionar el patrimonio municipal sin una estrategia clara de usos, prioridades y necesidades. El PP invierte mucho, se anuncia mucho y se inaugura mucho, pero demasiadas veces el resultado no termina de responder a lo que el municipio necesita. A todo ello se suma el endeudamiento que supone para el bolsillo de cada alfafarense cada uno de los frutos de su incomPPetencia.
Por eso la crítica socialista no va contra la rehabilitación de la Alqueria, ni contra sus jardines, ni contra la mejora de Tauleta. Va contra la mala planificación. Va contra una manera de gobernar que convierte cada edificio en una pieza aislada, cada obra en un anuncio y cada problema posterior en una nueva inversión. Alfafar necesita otra forma de gestionar su patrimonio. Menos propaganda, más previsión y tres preguntas básicas antes de gastar dinero público: para qué, para quién y con qué garantías.
La Alqueria del Pi podía haber sido una oportunidad para ordenar usos municipales y dar vida cotidiana a un edificio histórico. Los jardines podían haber formado parte desde el principio de una actuación integral. La EPA podía haber tenido una sede digna, estable y homologada. Tauleta podía haber sido una solución real y no otra promesa pendiente de encaje técnico. Pero el resultado vuelve a dejar la misma sensación de que en Alfafar no faltan anuncios ni inversiones, falta planificación.
Cuando un ayuntamiento necesita años, sobrecostes, préstamos, nuevas ayudas y sucesivas reformas para que sus proyectos empiecen a parecerse a lo que prometió, el problema ya no está en una obra concreta. El problema está en la forma de gobernar.

No responses yet