Hace unos días, Juan Ramón Adsuara, alcalde de Alfafar, anunciaba en sus redes sociales su retirada «temporal» de estas plataformas. Alegaba motivos personales, señalando “presión”, “odio” y un “ruido incesante” que, según él, ha puesto en riesgo su salud mental. Sin embargo, más allá del tono dramático de la carta, lo que realmente ha hecho es desconectarse de la ciudadanía en el peor momento: tras una crisis como la dana, donde se necesitan respuestas, presencia y liderazgo.
En pleno siglo XXI, cerrar las redes sociales es ponerse de espaldas a la ciudadanía
Hoy en día, las redes sociales no son un complemento, son una parte esencial de la comunicación entre los representantes públicos y sus ciudadanos. Se han convertido en espacios de escucha, de transparencia y de participación. Son la plaza pública del siglo XXI.
Cerrar los perfiles oficiales o personales desde los que un cargo electo se dirige a la ciudadanía es un gesto autoritario, profundamente antidemocrático y totalmente alejado de la realidad social y tecnológica actual.
Es como si el alcalde decidiera gobernar desde un despacho cerrado, sin teléfono, sin prensa, sin visitas. En términos simbólicos y políticos, es exactamente eso: taparse los ojos y los oídos para no ver ni escuchar lo que no le gusta.
¿Qué se supone, entonces? ¿Que la gente de Alfafar está aquí solo para pagar y callar?
La ciudadanía no es un buzón de quejas vacío. No está solo para aplaudir en inauguraciones ni para pagar impuestos en silencio. El pueblo de Alfafar tiene voz, y esa voz, especialmente en tiempos difíciles, tiene el derecho democrático de expresarse, reclamar y exigir explicaciones.
La reacción del alcalde es una forma moderna de censura: no porque cierre la boca de los demás, sino porque se niega a escuchar, que en un representante público viene a ser lo mismo.
La gestión de la dana: el verdadero problema
La dana que afectó recientemente a la Comunitat Valenciana, incluido Alfafar, ha provocado daños considerables. Inundaciones, infraestructuras deterioradas, viviendas afectadas, y sobre todo, una sensación de abandono por parte de la administración local.
El problema no es solo meteorológico. Es político. Porque lo que vino después de la tormenta fue una gestión lenta, mal coordinada y sin información clara para los vecinos. La falta de liderazgo de Adsuara y su equipo ha generado un malestar evidente. Y es ese malestar el que ahora intenta silenciar.
En vez de reforzar su presencia, de comunicar, de dar explicaciones o de abrir canales de atención vecinal, el alcalde decide desaparecer del debate público. Una actitud que no se puede tolerar en alguien que ha sido elegido para representar a su pueblo.
El victimismo como estrategia: la carta que lo confirma
En su mensaje de despedida, Adsuara no solo culpa al «odio» digital de su marcha. También recurrre a uno de sus trucos comunicativos más habituales: mencionar a su familia y amigos. Lo hace para despertar empatía y desviar el foco. Pero cuando un alcalde mezcla su responsabilidad pública con el ámbito privado para justificarse, está siendo profundamente irresponsable.
La salud mental es un tema serio. Pero no se puede usar como escudo para evitar críticas legítimas. Y eso es exactamente lo que ha hecho.
Gobernar también es aceptar la crítica, no solo hacerse fotos
Un alcalde no está para ser aplaudido constantemente. Está para escuchar, gestionar, corregir y rendir cuentas. Y eso incluye aceptar la crítica. Sobre todo cuando viene de vecinos afectados directamente por su gestión.
Desde hace años, Adsuara ha construido una imagen basada en la propaganda y el escaparate. Aparece cuando hay cámaras -aunque a veces ni eso- y desaparece cuando hay problemas. Y ahora, con este gesto, ratifica un estilo de liderazgo opaco, endogámico y cada vez más desconectado del municipio real.
Este cierre no es algo puntual. No es una reacción emocional descontextualizada. Es parte de una manera de gobernar que lleva años cocinándose en Alfafar: un modelo basado en el control, en la falta de participación, en el ninguneo a los consejos vecinales, y en la reducción de la ciudadanía a un rol pasivo.
Ya lo hemos denunciado muchas veces: Adsuara gobierna de espaldas a Alfafar. Y ahora, con este acto, lo confirma de forma explícita y pública.
Otros alcaldes enfrentan la crítica. Él la evita.
Muchos alcaldes y alcaldesas de municipios vecinos también han sufrido las consecuencias de la dana. Y también han recibido críticas. Pero han optado por dar explicaciones, reforzar la comunicación institucional, abrir oficinas de atención al vecino o celebrar asambleas abiertas. Adsuara, en cambio, elige desconectarse. Elige la huida. Elige el silencio.
Y eso, lejos de protegerle, le deja en evidencia. Porque quien no está dispuesto a escuchar a su pueblo, no está capacitado para representarlo.
¿Qué puede hacer un alcalde que no quiere escuchar a su gente?
La respuesta es clara: hacerse a un lado. Cuando un alcalde se niega a escuchar, no aguanta la presión ni responde a sus vecinos, demuestra que el cargo le queda grande. Gobernar no es un privilegio, es un compromiso. Y si no puede o no quiere cumplirlo, debería dejar paso a quienes sí lo entienden como un servicio público.
En lugar de reforzar la escucha, de profesionalizar su comunicación o de abrir nuevos canales con la ciudadanía, Adsuara ha optado por cerrarse al mundo. Por confundir crítica con odio. Por mezclar lo personal con lo institucional. Por proteger su imagen mientras ignora las necesidades reales del pueblo.
Ese no es el camino. Ese no es el tipo de liderazgo que Alfafar necesita.
Lxs ciudadanxs de Alfafar merecemos otra forma de gobernar
Alfafar merece un gobierno que no tema al pueblo, sino que lo escuche. Que no se esconda cuando hay problemas, sino que dé la cara. Que entienda la crítica como parte de la democracia, no como una amenaza.
Adsuara ha tomado una decisión grave. Pero todavía está a tiempo de rectificar. De abrir los canales, de dar explicaciones, de asumir responsabilidades. Y si no puede hacerlo, que lo diga claro. Porque un alcalde que no quiere oír a su gente, no puede seguir gobernando en su nombre.

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