Hablar de deseos en política no es hablar de ilusiones ni de intenciones vagas. En Alfafar, desear es exigir, recordar y señalar. Nuestros deseos para Alfafar nacen de lo que se hizo mal en años anteriores, de lo que no se hizo a tiempo y de lo que todavía no se ha querido asumir con la seriedad que merece. No miran al futuro como una huida hacia delante, sino como una obligación con el presente y con la memoria colectiva.
Este texto no pretende cerrar heridas ni pasar página. Pretende dejar claro que la política local no puede construirse sobre el silencio, la confusión interesada o el relato que minimiza responsabilidades. Lo que ocurrió forma parte de la historia reciente de Alfafar y sigue teniendo consecuencias políticas, sociales y humanas que no pueden diluirse con el paso del tiempo ni con cambios de agenda.
El primero de nuestros deseos para Alfafar: verdad política frente al relato cómodo
Deseamos verdad. Deseamos que la verdad deje de ser incómoda para quienes gobiernan y vuelva a ser una obligación democrática básica. Durante demasiado tiempo se ha intentado sustituir la verdad por un relato tranquilizador, por una versión que reduce los hechos a una suma de circunstancias inevitables y errores sin responsables claros.
La ciudadanía de Alfafar no necesita cuentos ni explicaciones a medias. Necesita saber qué decisiones se tomaron, quién las tomó, cuándo se tomaron y por qué no se actuó antes. La transparencia no puede ser selectiva ni aparecer solo cuando conviene políticamente. Cuando la verdad se oculta o se maquilla, no se protege a la ciudadanía, se protege a quienes no quieren rendir cuentas.
También deseamos que se deje de confundir normalidad con olvido. No hay normalidad posible cuando no se han asumido responsabilidades políticas claras. Volver a la rutina sin haber explicado lo ocurrido no es avanzar, es imponer silencio. La política local no puede funcionar como si nada hubiera pasado cuando hay hechos que siguen sin una explicación honesta y completa.
La verdad no es un castigo, es una garantía. Sin verdad no hay confianza, y sin confianza no hay legitimidad política. Por eso uno de nuestros primeros deseos para Alfafar radica en que nuestra gente no merece instituciones que gestionen el relato para protegerse, sino instituciones que afronten la realidad para mejorar.
Responsabilidad política: gobernar no es esconderse
Deseamos responsabilidad política. Responsabilidad significa asumir errores, no esconderlos detrás de informes técnicos, procedimientos administrativos o silencios calculados. Gobernar implica tomar decisiones y responder por sus consecuencias, incluso cuando esas consecuencias son graves o políticamente incómodas.
Durante demasiado tiempo se ha intentado diluir lo político en lo técnico, como si las decisiones no tuvieran autoría y como si nadie estuviera realmente al mando. La técnica no sustituye a la política, la política decide y la técnica ejecuta. Utilizar lo técnico como escudo para evitar responsabilidades es una forma de irresponsabilidad institucional.
No todo fue inevitable. No todo fue una fatalidad. Hubo margen de decisión, hubo tiempos que se gestionaron mal y hubo alertas que no se atendieron como correspondía. Negar esto es negar la capacidad misma de gobernar. La ciudadanía no espera gobiernos perfectos, pero sí gobiernos que den la cara cuando fallan.
Asumir responsabilidades no debilita a las instituciones, las fortalece. El segundo de nuestros deseos para Alfafar se basa en una necesidad clamorosa. Una institución que reconoce errores demuestra madurez democrática y respeto por su ciudadanía. Alfafar necesita representantes públicos capaces de asumir ese ejercicio de honestidad política, aunque tenga costes a corto plazo.

Prevención, memoria y dignidad institucional
Deseamos prevención real y no promesas a posteriori. La prevención no puede ser una palabra bonita en planes que nadie ejecuta ni en discursos que solo aparecen después de la tragedia. La prevención exige inversión, planificación, coordinación y voluntad política sostenida en el tiempo.
Alfafar no necesita discursos tranquilizadores una vez todo ha pasado. El siguiente deseo para Alfafar es ese: tener garantías de que lo ocurrido no volverá a repetirse porque se han corregido los fallos estructurales que lo hicieron posible. La seguridad de las personas no puede depender de la suerte ni de decisiones improvisadas.
También deseamos memoria activa. Recordar no es hacer actos simbólicos ni declaraciones puntuales, recordar es cambiar la forma de gobernar. La memoria debe estar presente en los presupuestos, en las prioridades políticas y en los protocolos de actuación. Si la memoria no transforma la acción política, se convierte en un gesto vacío.
Las ausencias no se honran con palabras, se honran con decisiones valientes. La memoria que no incomoda no sirve para nada. Alfafar merece una memoria que obligue a revisar lo hecho, a corregir errores y a elevar los estándares de responsabilidad institucional.
La dignidad institucional es otro de nuestros deseos irrenunciables. Una institución digna no se esconde, no minimiza y no mira hacia otro lado cuando la ciudadanía exige respuestas. La dignidad se demuestra afrontando los conflictos con transparencia y asumiendo que gobernar implica rendir cuentas.
Escuchar, reparar y proteger: una política a la altura de Alfafar
Deseamos una política que escuche. Escuchar no es recibir quejas cuando ya no hay margen de maniobra, escuchar es incorporar las alertas y las voces críticas antes de que sea tarde. Durante este tiempo se ha escuchado demasiado poco a quienes más tenían que decir: familias, personas afectadas, vecinas y colectivos que advirtieron de riesgos y carencias.
La crítica no es un ataque. La denuncia no es ruido. Tratar la crítica como un problema en lugar de como una oportunidad de mejora es una forma de desprecio democrático. Escuchar también es gobernar, y quien no escucha termina gobernando de espaldas a su pueblo.
Nuestros deseos para Alfafar no son abstractos ni retóricos. Tienen nombres, fechas y consecuencias concretas. Nacen de lo vivido, de lo denunciado y de la convicción de que la política local debe estar al servicio de la gente y no de la autoprotección institucional.
La política no va de pasar página rápido ni de imponer silencio para avanzar. Va de aprender, reparar y proteger. Aprender de los errores cometidos, reparar el daño causado en la medida de lo posible y proteger a la ciudadanía para que nada parecido vuelva a ocurrir.
Esa es nuestra lista de deseos para Alfafar. No vamos a dejar de señalarlos, decirlos y exigirlos, por mucho que incomode a quienes preferirían que este debate desapareciera. Porque la incomodidad política es, muchas veces, el primer paso hacia una política más justa y responsable.

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