Carlos Mazón ha presentado su dimisión como presidente de la Generalitat Valenciana después de un año marcado por la tragedia de la DANA de 2024 y por la creciente presión política y social. Su salida se anuncia como un gesto de responsabilidad, pero el modo en que se produce deja más dudas que certezas.
El dirigente popular deja el cargo sin convocar elecciones anticipadas y se mantiene al frente del Consell hasta que PP y Vox acuerden un relevo. También conserva su escaño como diputado autonómico, lo que garantiza su aforamiento judicial. Todo ello convierte su renuncia en una salida parcial, más táctica que ética, que no satisface a las víctimas ni a la ciudadanía.
Una dimisión sin ruptura
La comparecencia de Mazón fue breve y controlada. En apenas unos minutos, aseguró estar “cansado” y apeló a la necesidad de un “nuevo liderazgo” para la Comunitat Valenciana. Pero el contenido del discurso dejó fuera los temas esenciales: no hubo autocrítica ni reconocimiento de los errores cometidos durante la gestión de la DANA.
La tragedia del 29 de octubre de 2024, que dejó 229 personas fallecidas en distintos municipios valencianos, sigue siendo un trauma colectivo. Las investigaciones oficiales señalaron carencias graves en la previsión, coordinación y respuesta de la Generalitat. Muchos vecinos de Alfafar, Sedaví o Paiporta aún no han recuperado sus hogares ni recibido la totalidad de las ayudas prometidas.
Aun así, Mazón evita asumir responsabilidades políticas directas. Su renuncia llega un año después de los hechos y cuando la presión ciudadana y mediática se había vuelto insostenible. Más que un gesto de reparación, parece un intento de cerrar la crisis sin rendir cuentas.
La herida de la DANA sigue abierta
El recuerdo de la DANA sigue vivo en las calles. En los municipios más afectados, todavía hay viviendas en obras, comercios que no han reabierto y familias que dependen de ayudas provisionales. Los vecinos que rescataron a sus propias familias entre el agua y el barro reclaman algo tan básico como verdad y transparencia.
Para ellos, la dimisión del presidente no es suficiente. Quieren explicaciones claras sobre por qué las alertas no funcionaron, por qué se tardó horas en activar los protocolos de emergencia y por qué Mazón no acudió de inmediato al centro de coordinación. Las versiones contradictorias sobre esos hechos han erosionado la confianza en las instituciones autonómicas.
La falta de empatía institucional contrasta con la solidaridad ciudadana que emergió en los días posteriores a la catástrofe. Vecinos y voluntarios actuaron antes que las administraciones. Esa imagen de ayuda mutua, frente a la descoordinación oficial, sigue siendo el símbolo más potente de aquellos días.
Una renuncia que mantiene el control
Mazón deja la presidencia pero no el poder político. Al no convocar elecciones, mantiene al PP en el control del Consell y a Vox como socio estable. La decisión de quedarse en funciones le permite influir en la elección de su sustituto y garantizar una transición interna sin sobresaltos.
Este modo de dimitir —manteniendo aforamiento, sueldo y capacidad de decisión— ha sido interpretado como una estrategia de autoprotección. No asume fallos, no rinde cuentas ante los votantes y evita un nuevo examen en las urnas. Su discurso apela al cansancio personal, pero omite las causas políticas y morales que motivan su desgaste.
Los partidos de la oposición y las asociaciones de víctimas coinciden en que la dimisión llega “tarde y mal”. No basta con reconocer que el mandato se ha hecho insoportable: era necesario admitir los errores que agravaron las consecuencias de la catástrofe y comprometerse a un cambio de modelo en la gestión de emergencias.
El silencio como respuesta
Durante su comparecencia, Mazón no mencionó a las víctimas de la DANA ni a sus familias. Tampoco se refirió al papel de los ayuntamientos ni al trabajo de los servicios de emergencia. Su silencio fue interpretado como una muestra más de la distancia que ha marcado su gestión.
En política, el modo de marcharse dice tanto como las razones para hacerlo. En este caso, el silencio pesa más que las palabras. El presidente que prometió transparencia se despide sin responder a las preguntas que siguen pendientes: por qué se actuó tarde, por qué no se reforzaron los recursos de emergencia y por qué la reconstrucción sigue incompleta.
Una forma de gobernar que se repite
La dimisión de Mazón encaja en un patrón que el Partido Popular repite allí donde gobierna: negar errores, culpar a otros y aferrarse al poder hasta el último momento. Ocurrió en Madrid, con Isabel Díaz Ayuso y los protocolos que impidieron trasladar a hospitales a miles de mayores durante la pandemia. Ocurre en Andalucía, con Juan Manuel Moreno Bonilla y la crisis de los cribados del cáncer, que dejó sin seguimiento médico a miles de mujeres. Y ahora ocurre en la Comunitat Valenciana, donde la tragedia de la DANA se convierte en otro ejemplo de negligencia sin castigo. El problema no es solo quién dimite, sino cómo y cuándo. Dimisiones como esta no corrigen el rumbo: lo perpetúan.
Un año después de la catástrofe, la Comunitat Valenciana necesitaba una rendición de cuentas clara, un compromiso político con las víctimas y una reflexión colectiva sobre lo ocurrido. En lugar de eso, recibe una dimisión condicionada, una transición pactada y un silencio institucional.
Carlos Mazón se marcha sin reconocer la magnitud del daño ni el papel de su gobierno en la gestión de la tragedia. La ciudadanía vuelve a quedar al margen de las decisiones, y las víctimas siguen esperando justicia y reparación. En la política valenciana se abre una nueva etapa, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién responde cuando el poder falla?

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